Mientras en el país se presentan situaciones extremas inaceptables, como el linchamiento de un presunto delincuente en Villahermosa, Tabasco, y el conato que no llegó a consumarse, de cuatro presuntos ladrones en el barrio de San Lorenzo Acopilco, delegación Cuajimalpa, los más conspicuos oligarcas siguen presionando para que las instituciones sigan estando a su exclusivo servicio. Así se constata que la realidad del país no es un asunto que les quite el sueño, pero lo más alarmante es que quien está al frente del Ejecutivo, Felipe Calderón, actúe con esa misma actitud, estando el país como está.El común denominador de los intentos de linchamiento, cada vez más frecuentes en el país, es que la gente no confía en las autoridades. Afirman los enardecidos pobladores que quieren hacer justicia por propia mano, porque los delincuentes apenas pisan la cárcel son puestos en libertad. Esta es una verdad incontrovertible, que daña aún más el tejido social de por sí afectado por situaciones adversas cada vez más extendidas. Con todo, el problema de fondo es que aumente el número de jóvenes que delinquen porque no les queda otro camino, y porque crecieron en un ambiente hostil desde la infancia, en medio de condiciones sociales adversas, con muy escasa escolaridad y sin expectativas de progreso.
Con la mitad de la población en situación de pobreza y con un mercado interno en decrecimiento, lo razonable y sensato sería que se actuara con la meta de modificar esta realidad adversa, que está provocando escenarios dantescos como los linchamientos de jóvenes delincuentes, que pueden ser linchados porque no forman parte de la delincuencia organizada, trabajan por su cuenta y eso los pone en riesgo de morir más fácilmente. Con todo, la población que tiene la oportunidad de laborar y vivir sin meterse en problemas, sufre las consecuencias del incremento de la delincuencia común. En cambio, la oligarquía ni sufre ni se acongoja porque vive en búnkeres inaccesibles, protegida por cientos de guaruras.
Por eso los oligarcas más conspicuos, como los que están agrupados en el Consejo Coordinador Empresarial (CCE), pueden exigirle a Calderón que siga apretándole el cuello a la ciudadanía, tal como lo hizo el presidente de dicho organismo, Mario Sánchez Ruiz, el pasado lunes 13. Dijo que “es fundamental mantener una visión de Estado y tomar medidas para blindar la economía, por lo que la continuidad es un elemento que no podemos perder de vista”. Si tal continuidad lleva al estallido de la olla de presión en que está convertido el país, no tiene para ellos la menor importancia. Que aumente dramáticamente la pobreza y con ello la descomposición social, es lo de menos si a cambio continúan enriqueciéndose como desde hace casi tres décadas lo han venido haciendo.
Y por su parte, Calderón está más preocupado por mantener un clima propicio para los inversionistas, que por demandar una elemental solidaridad social de los empresarios, requisito ineludible para poder salir de la crisis generalizada en que se encuentra la República. Puntualizó que si se encontrara una “lámpara maravillosa” y un genio que le concediera un deseo, lo que le pediría sería “más inversión privada y pública”, pues según él “esa es la clave para el desarrollo”. No la educación, no la cultura, no la estabilidad política y la paz social, sino inversiones para que los negociantes sigan engrosando sus cuentas bancarias.
No satisfechos con las altas tasas de ganancias que tienen, más abultadas cada año, los oligarcas como Sánchez Ruiz quieren más beneficios, como lo exigió a Calderón al decirle que si se logran concretar este año las reformas en materia de asociaciones público-privadas, de seguridad pública y la laboral, el sector empresarial “podría tener la capacidad de invertir en 2012 hasta 2.5 billones de pesos y generar 800 mil empleos”. Lo malo es que no serían inversiones productivas que generaran empleos fijos y estabilidad económica, sino simples acciones de coyotaje orientadas a obtener tres veces más de la cifra “invertida”, sin ningún compromiso con la sociedad ni con el país.
Calderón, al cierre de su discurso, les pidió a los miembros del CCE que le escribieran para saber “qué harían ustedes si fueran el presidente de México”. No se necesita ninguna dosis de imaginación para tener una idea muy clara de lo que le dirían. De hecho se lo habían dicho ya, personalmente. Quieren un país para ellos solos, con mano de obra esclava sin ningún derecho, como eran las relaciones laborales en el siglo diecinueve. Con las instituciones del gobierno a su servicio, con la finalidad de tener beneficios seguros y a la alza. Y el jefe de esas instituciones no más que un simple gerente general, como en realidad lo es Calderón.
Fuente: Revista Emet