martes, 1 de noviembre de 2011

Enigmas del sol azteca. Las cartas de Ebrard. El veto a AMLO. Mito, el “control de confianza”

Lo peor no es que todo parezca un conjunto de problemas matemáticos sin solución encontrada hasta ahora, sino que por razones de calendario deberán improvisarse e inventarse presuntas respuestas que agravarán la situación de esa izquierda electoral sin salida, la que encabeza el PRD y que debe decidir en esta primera mitad del penúltimo mes del año el nombre de quien haga como que puede sacar las cosas adelante a título de candidato presidencial.

Marcelo Ebrard intenta desplegarse como la opción viable, la que podría ser aceptada por los factores de poder, y trata de quedar mejor posicionado en términos de una suerte de voto del miedo o de voto útil que promueve la idea de que la de Andrés Manuel López Obrador quedaría como una candidatura testimonial, dirigida más bien a fortalecer un movimiento en vías de convertirse en un nuevo partido político. Y AMLO, a su vez, se encamina a la etapa envenenada de las encuestas de opinión con el sambenito magnificado de que no aceptará los resultados que le sean desfavorables y que a fin de cuentas será candidato aunque solamente sea por los dos partidos, Movimiento Ciudadano y PT, que le ofrecen cobijo en lo presidencial a cambio de votos para bancadas camarales y mejores porcentajes que se traduzcan en más financiamiento público.

Enigmas irresolubles: Ebrard no es sustancialmente de izquierda, pero ha sacado adelante reformas indudablemente progresistas (posibilidad de aborto a mujeres en el DF y matrimonio entre personas del mismo sexo) que le han acarreado confrontaciones con el alto clero, de las que ha salido airosamente, aunque al mismo tiempo es una carta de posible alianza con la derecha en el poder a cuyo jefe, Calderón, ha rendido público reconocimiento y con algunas de cuyas políticas coincide sin gran apasionamiento. Ebrard, con su mentor Manuel Camacho al timón, es la reivindicación de una suerte de “buen” priísmo que fue desplazado del escenario político por Carlos Salinas de Gortari al optar éste por la candidatura presidencial de Luis Donaldo Colosio.

López Obrador, por su parte, ha sobrevivido a la campaña de exterminio político desatada en su contra desde 2006 y, más allá de su atrincheramiento en un repetitivo discurso diario, es hoy el precandidato presidencial que cuenta con la más acabada propuesta de cambio para el país, además de haber construido una suerte de movimiento social personalísimo, el de Regeneración Nacional (Morena). Pero a ese líder y a su movimiento les toca decidir, con frialdad y claridad, si en esta ocasión tendrán mejores o cuando menos similares condiciones para alcanzar el poder que en 2006, y si los factores coaligados entonces para impedir a cualquier costo el arribo de esa opción reformista de AMLO (otra especie de “buen” priísmo) han fortalecido o disminuido su capacidad de veto.

El atasco de hoy es consecuencia de múltiples factores acumulados en la historia del PRD, a muchos de cuyos líderes nacionales y regionales les mueve no la búsqueda de llegar al poder, sino de negociar con otros las porciones grupales e individuales que les pueden ser pagadas por fungir como comparsas de convalidación. El punto no está en las encuestas de opinión ni en las bases de apoyo de cada cual, sino en la definición de proyectos viables de cambio favorable en México. Pero hoy todo está centrado en mantener la unidad en el PRD, y de este partido con los demás que forman el Dia, aun cuando sostenerla signifique la abdicación de lo sustancial, las posibilidades de cambio favorable, y la continuidad de las tácticas de mercantilismo grupal que han dado cohesión a esas estructuras pintadas de negro y amarillo.
Astillas

Humberto Moreira está indignado. ¿Cómo es posible que malos funcionarios menores del gobierno que él mantenía bajo su control con mano de hierro (aun después de haberlo dejado físicamente como coartada para dar paso a su hermano como guardaespaldas sucesor) lo hubieran podido engañar, dándole dinero a manos llenas para gastar como mandatario que ante la súbita abundancia tal vez creía que lo era no de Coahuila sino de Dubai? Por eso, el primer alto priísta en sumarse al movimiento de los indignados ha hecho plantón declarativo para exigir que sigan investigando y castigando a esos malos funcionarios menores que endeudaron a aquel estado norteño... ¡Ah, por cierto, que dice el profesor Moreira que no renunciará en lo inmediato a la dirigencia del partido de tres colores! Si acaso, luego de que sea designado el candidato presidencial, o luego de las elecciones de 2012. Siempre ocurrente, aprovechó su conferencia semanal de prensa para apodar Chiquidrácula al precandidato de la dentadura remozada, Ernesto Cordero... Uno de los mitos geniales del calderonismo es el de los presuntos métodos de “control de confianza”, que en realidad no son sino un recurso de distracción para aparentar que hay fuerzas policiacas depuradas y confiables (las federales) y otras que son corruptas y criminales (las de los estados y municipios). En un país donde todo lo institucional relacionado con la seguridad pública está putrefacto, los genios de Los Pinos creen tener oasis de pulcritud y honestidad con puestos angelicales de revisión que pueden ir determinando sin contaminación mundana cuáles son los policías buenos del paraíso anunciado por el arcángel Felipe. Ayer, en sesión con gobernadores, el controlador de Los Pinos forcejeó verbalmente para que en mayo se hayan cumplido esos rituales de presunta certificación policial. Algunos mandatarios protestaron, pues no creen posible cerrar ese trámite en la fecha propuesta. Pero el oportuno Calderón ha dejado la exigencia en alto, para poder reclamarles, a unas semanas de las elecciones presidenciales, que por su culpa esté el país como esté. Por cierto, uno de los asistentes a esa reunión aseguró a esta columna que los policías sabidamente coludidos con el narcotráfico amenazan de muerte a los operadores de polígrafos si los resultados no los pintan como inocentes palomitas... ¡hasta mañana!




Fuente: La Jornada